Saturday, April 16, 2011

DON JUAN « Palabras de noche

Son las cuatro de la mañana de un frío, húmedo junio del cincuenta y pico.

Juan comienza a ponerse las batarazas sin nungún apuro.

No tiene reloj despertador ni le hace falta, está llegando a los cuarenta y tenía ocho cuando fue, como cualquier otro boyerito, a trabajar con su papá al tambo.

Recuerda que la única vez que le costó levantarse fue ésa, la primera, cuando a tientas siguió al viejo Teodoro Ambort hacia la noche transparente y estrellada.

Después de hacerle tomar un tazón de mate cocido en leche con unas galletas marineras, su padre le puso una mano en el hombro:

–Vaya y tráigamela Pintada.

Todavía dormido, sólo atinó a preguntar:

–¿Cuál es?

–¡La colorada!

Fue un grito divertido el de Teodoro, porque sabía lo que había sido, también para él, tiritar de frío, de sueño y de rabia por tener que madrugar. Más calmado, agregó:

–Pero despiértese m'hijo, si se llama Pintada, ¿cuál va a ser? La blanca y negra, pues….

Y siguió Juan todas las madrugadas la rutina heredada: buscar el banquito, sentarse, sujetar las patas traseras de "su" Colorada y cantarle mientras la ordeña.

Ahora busca la camisa Ombú y se calza las botas porque escucha que llueve. Ya van tres días seguidos. Lechinoso va a estar el camino, susurra con el último mate. Nada peor que el barro lechinoso, resbaladizo, repite para asegurarse cierta prudencia.  Descuelga, del clavo que está detrás de la puerta, la boina y un pesado piloto negro, húmedo de ayer y de anteayer.

Cuando sale iluminándose con el farol que colgará en el tirante trasero del carro, el viento intenta volarle la boina pero logra sujetarla a tiempo. Sacude las riendas y el Mancháu parte.

Nunca permitió que alguno de sus tres perros lo siguiera. Les ordenaba quedarse a cuidar la patrona y ellos, luego del vano intento, ponían hocico en tierra frente a la puerta de la casa.

El pueblo duerme cuando Juan entra por la calle principal, destino inevitable de las rutas de provincia.

Los carros lecheros son de madera forrada con hojalata, para que sea fácil limpiarlos a los baldazos, por eso hacen ese sonido tan particular, rítmico y melodioso, de tachos llenos con leche tibia golpeándose entre sí, bailando en el piso mojado.

Después de un par de cuadras dobla a la derecha, siempre siguiendo las huellas, ya muy profundas y animando a su caballo:

–Juerza, Mancháu, metalé Mancháu, ya sé que está pesado el barro. Aquí  pasan hasta camiones pero hay que seguir, agarre por el medio, ande está el surco, Mancháu, déle, que usté puede.

Sin apuro se dirige hasta el hotel que está en el medio del pueblo, cerca de la plaza más importante. Un enorme cartel de lata con dos lamparitas que iluminan las  rebuscadas letras góticas indica la puerta de ese hotelucho al que por muchos años le sobró el nombre, por haber sido el único en varios kilómetros a la redonda.

Da vuelta y entra directamente al enorme patio. Si le hubieran preguntado a Juan si tenía portón, con toda ingenuidad y convencimiento hubiera contestado que no. Muy curioso había que ser para darse cuenta de que, apoyado contra el tapial y siempre abierto de par en par, estaba el pesado portón de madera ya viejo, despintado y con los goznes herrumbrosos.

Nello esperó a que Juan hiciera el cambio, un tacho lleno por el vacío de ayer ya limpio y juntos se sentaron en la cocina a tomar mate con bizcochitos recién horneados. Llegó la hora de las noticias, decían riéndose del intercambio de chismes nombrado con tanta pompa.

Al cabo de un cierto tiempo, Nello pregunta si calienta más agua, por preguntar nomás y Juan repite lo de siempre:

–No, me fumo un cigarrito y salgo.

–¡Puaj, esos Colmena tienen un olor horrible! Yo te lo aguanto porque sos vos– le dice al despedirlo.

A partir de ahí, Juan y su Mancháu bailan una cotidiana coregrafía: él golpeando solamente las puertas de sus clientes, tarea que necesariamente lo obliga a cruzar de una vereda a la otra y el caballo, zigzagueando, va acomodando el carro adelantándose a su amo, sabiendo de antemano dónde tiene parar.

A media mañana, gritó: Lecheroooooo… en el pasillo de la casa que está frente a la estación del ferrocarril.

Ella suspendió la masa, se limpió las manos, se enrolló el delantal en la cintura y buscó la olla de alumnio protestando con cierto cariño: ¿por qué gritará tanto?

–Buen día, doña, si se puede decir buen día… Está enojado el de arriba, no quiere que se le seque la ropa. Ganas de jorobar, nomás. ¿Cuánto le dejo?

A ella le molestaba que la llamara doña porque era más joven que él… Tragó saliva y, comprendiendo que era por respeto, puso su mejor sonrisa.

–Lo de siempre, cuatro.

Apoyó la olla sobre una rodilla y mientras él trasvasaba la leche con su jarro de litro, preguntó:

–¿Cuánto le debo este mes?

–Igual, doña, catorce con veinte.

–Bueno, mañana le pago.

–No hay problema, doña (y dale…), recién es primero de mes, hay tiempo, cuando pueda.

–No, no, mañana cobra mi marido y le pago.

–Doña Arcadia debe estar por hacer postres, a lo mejor llególa Bebacon los chicos, porque hoy me compró más– comentó Juan tapando el tacho.

Pero ella no era muy conversadora y tampoco le importaba si su vecina tenía la casa llena de parientes, así que pensó en desquitarse del doña y le cortó el diálogo:

–Bueno, suerte para usted, hasta mañana, don Juan.

Diálogo forzado por fortuitas circunstancias de intercambio comercial. Las mismas que generaron una corriente de simpatía nunca reconocida, una confianza jamás traicionada.

Tal vez por eso, ninguno de los dos imaginó lo que sucedería años después.

Un día llegó a la casa de don Juan una novedad en traje gris y corbata, como envuelta para regalo, que amablemente le explicó que las cosas estaban cambiando, modernizándose. De ahora en adelante, le dijo, la fábrica de lácteos más grande de la zona le compraría la producción; él sería socio de la cooperativa y la leche se vendería envasada en botellas.

–Tiene que pensar, Ambort, que ya no va a trabajar tanto, sólo se ocupará del cuidado y ordeñe de los animales, nosotros nos encargaremos de venir a buscar los tachos hasta la tranquera y usted ya no va a tener necesidad de ir casa por casa. También las vamos a distribuir en los almacenes, o sea, tiene la venta de toda su producción garantizada.

En ese momento, no entendió mucho pero lo de "socio", más que caerle bien,  le molestó. Su madre, cada vez que tío Ernesto lo apalabraba al viejo Teodoro para trabajar juntos (yo compro unas terneras, vos tenés la pastura y vamos a medias), decía cabizbaja sin atreverse a mirarlo siquiera: "Las medias son para los pies."

Juan había calculado trabajar hasta que la cintura no diera más y después, "Dios dirá, porque Juanjo está estudiando y no va a querer ordeñar. ¡Qué digo ordeñar, ni siquiera vivir en el tambo va a querer! Y lo bien que hace, un trabajo de señorito, de oficina, es más liviano."

De su hijo se acordó y fue por eso que contestó mirando el suelo:

–Bué… como usté diga, Don.

No se dio tiempo para pensar que iba a extrañar los mates con Nello y el recorrido de su Mancháu por las calles de tierra.

En memoria del primer lechero que conocí. Fueron cuatro, en diferentes ciudades, los que pasaron por mi casa hasta que, en los '90,  desaparecieron los repartos domiciliarios. Y todos se llamaban Juan.       14/04/2011

Share this: Share Facebook

No comments:

Post a Comment