Y vestida, engalanada entre sus sedas y sus linos, tú descansas sin dormir…casi desnuda. Con tu piel resbaladiza y sudorosa, calentando cada pliegue y dos almohadas. Una vacía. Con reclamos hormonales que no asustan a mi sana hipocresía, que no entiende lo que pasa tras mi ausencia…la cercana.
Y me siento comprendido y respetado aunque te falte muchos días. Yo me he conformado con rutinas que no entiendo, aunque entiendo tus carencias, que son mías.
Y por fin pasan las horas como losas, convenciéndome al fin y al cabo, de mi cita ineludible con tu cuerpo reposado y agitado, que despierta cuando acudo, ya cansado, por mi absurda y repetida melodía. Estridente como todas las forjadas, del vivir éste en que muero cada día.














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